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13.1.06

La Piel del Cielo

"La fin! Son heure sonnait au cadran des destinées. Omegar savait que toute la vie de la Terre consistait désormais dans son passé, que nul avenir ne devait plus exister pour elle, et que le présent même allait s'évanouissant comme le songe d'un instant."
Camille Flammarion, El fin del Mundo

Las manos de ella recorrían los dedos de él. "Prométame, Monsieur, que aceptará el regalo", le dijo. "Pero, querida Condesa, ¿cómo puedo prometerle recibir algo tan, tan, tan...?", Tartamudeó él, sin poderla mirar a los ojos. "¿Macabro?", completó la Condesa, descubriéndose los hombros.


En julio de 1888, en París, salía a la luz uno de los tratados de meteorología más difundidos de aquella época: L'atmosphère: météorologie populaire, enfocada a explicar los fenómenos meteorológicos a la gente común. La publicación traía inserta en su página 163 una impresión xilográfica, al parecer de procedencia medieval, que representaba la unión de los cielos y la tierra, en la cual un hombre asomaba su cabeza a través del manto del cielo para observar las estrellas directamente. El grabado incluía la siguiente misteriosa inscripción inserta justo debajo: "Un misionero de la Edad Media contaba que había encontrado el punto en el que el cielo y la tierra se tocaban...", seguida del texto: "¿Qué es, entonces, este cielo azul que ciertamente existe, y que nos oculta las estrellas durante el día?". Según nuestras investigaciones, esta página del libro, llamada desde enotnces el Grabado Flammarion, siglos después sería fuente de controversia debido al supuesto conocimiento oculto, casi alquímico, masónico, que contiene acerca del trabajo de los astrónomos de la antigüedad. Y sobre todo se hizo famosa por su referencia, ya tardía, a una tierra plana; plana, como la que durante siglos provocó el miedo de los hombres a navegar en exceso y así llegar al fin del mundo.





La espalda, siempre la espalda.
El dolor, siempre presente, a veces empezaba a dar señales de aumentar como un calor en la espalda baja, que se expandía por sus huesos y llegaba hasta sus ojos, haciéndolo llorar. A pesar de las punzadas le era imposible parar la observación, y tenía que sacar fuerzas de donde fuera para continuar concentrado.
La luna pasaba lentamente frente a sus ojos, y él se empeñaba en dibujarla de la forma más exacta posible. El llorar de sus ojos a veces lo hacía dibujar cosas que no estaban ahí, y tenía que revisar una y otra vez sus observaciones durante noches enteras, sin descanso.
Durante los meses invernales, cuando el firmamento estaba frecuentemente nublado, Nicolas Camille Flammarion se ocupaba de su escritura. L'Astronomie, su revista, le ocupaba una gran cantidad de tiempo, pero aún así se daba tiempo para presidir la Société Astronomique de France, llena de miembros con los mismos dolres de espalda que él padecía, provocados por interminables horas frente a innumerables telescopios. Siglos enteros de observación humana de los cielos, en busca de descubrir algo a lo que pudieran identificar para la eternidad con sus propios nombres.


Durante su adolescencia, Camille Flammarion intentó estudiar los cielos con otro método diferente a la astronomía, más o menos ortodoxo: la teología. Sin embargo pronto se dio cuenta de que, para él, los cielos eran más que una promesa: se trataba de algo que estaba a su alcance. Los misterios de la vida y la muerte se solucionarán con la observación de los cielos, se dijo a sí mismo, y, no sin muchos trabajos, ingresó como asistente de LeVerrier, astrónomo que descubrió Neptuno. Al poco tiempo, a principios de 1880, Camille ya era considerado un gran astrónomo por mérito propio, y un gran científico, y, sin embargo, nunca abandonó los ánimos de descubrir qué había más allá de la vida, y de la muerte. Fue por entonces, alrededor de 1885, que conoció a Allan Kardec.

La casa en la que se encontraba podría haber sido cualquier casa, y los asisitentes a la reunión podrían haber sido los invitados a cualquier celebración, como un cumpleaños, un baile de fin de año, cualquier cosa. Sin embargo se trataba de la casa de Monsieur Kardec, y el motivo de la reunión era una sesión espiritista. Falmmarion se sentía fuera de lugar: una cosa era cuestionarse sobre el aspecto de la vida después de la muerte y otro asistir a una conversación con espíritus. El anfitrión, Kardec, se acercó a Flammarion acompañado de una hermosa mujer y le preguntó que si estaba cómodo y si le habían ofrecido alguna cosa de beber. Camille contestó que sí, pero que prefería estar en sus cinco sentidos ante una experiencia como la de contactar a un espíritu. Allan Kardec no pudo sino reirse y dejar a Flammarion en lo que catalogó como "la deliciosa compañía de la Condesa de Juvisy".



Mucho tiempo antes de que conociera a la Condesa de Juvisy, y diez años antes de que publicara el libro con el Grabado Flammarion, Camille publicó su libro más vendido, La Astronomía Popular, traducido desde entonces a muchos idiomas. Dicho libro se convertiría en uno de los grandes bestsellers del Siglo XIX, y le permitiría al hermano de Camille, Ernest Flammarion, fundar la editorial con el mismo nombre, que subsistía aún entrado el Siglo XXI lidereada por un descendiente directo de la familia fundadora, hasta que fue absorbida por un grupo editorial multinacional. Además de permitirle a su familia fundar un próspero negocio, Camille se encontró rodeado de un éxito y una popularidad inusitadas, que llegaba al punto de que algunas veces la gente lo asediaba cunado salía a pasear por las calles de París.


Flammarion no recordaba casi nada de la sesión espiritista. Sólo recordaba las frecuentes y muy poco disimuladas insinuaciones sexuales que le lanzaba la Condesa sin descanso. Él no se sentía atraído hacia ella en lo más mínimo, incluso le causaba un poco de repulsión esa nariz torcida y esa risa mordaz. En un momento de descanso de la sesión, Flammarion pudo alejarse de la Condesa y se atrevió a confiarle a Kardec lo que estaba sucediendo. Este no pudo sino volver a reir y decirle: "Más te vale que la trates bien. Está dispuesta a donarte un terreno y dinero suficiente como para que pongas tu propio observatorio." Camille, al momento de escuchar aquello, tomó una rápida decisión. Volvió al lado de la Condesa y le soltó, casi sin respirar y concentrándose en lo que más le agradaba de ella: "Querida Condesa, permitame admirarla, puesto que sus hombros son los más hermosos que haya visto jamás. Son casi tan bellos como una noche estrellada."

Durante más de un año Camille y la Condesa de Juvisy se frecuentaron. No se sabe a ciencia cierta si Flammarion llegó a serle infiel a su mujer, pero hay una gran probabilidad de que así haya sido, puesto que al poco tiempo de comenzar a frecuentarse Camille pudo poner su propio observatorio en Juvisy-sur-Orge. Desde aquel lugar, muy cerca de donde después sería enterrado Raymond Quenau, Flammarion hizo importantes observaciones a la superficie marciana, que lo llevaron a postular que en efecto existía vida inteligente en aquel planeta y que los "canales" de riego que se observaban a través de los telescopios eran prueba de ello. De cualquier modo, la Condesa estaba absolutamente vuelta loca por Flammarion, a quien asediaba con regalos y con citas. Al verlo, frecuentemente le decía: "Abráceme, Monsieur, que si no mis hombros se marchitarán como la noche al amanecer." Flammarion, que al verla no podía dejar de sentir más intensamente su perenne dolor de espalda, la complacía, incluso acariciándole el punto detrás del cuello, lentamente, casi sin querer.



Ya casi en el Siglo XX, Flammarion publicaría la que a la postre sería recordada como una de las primeras novelas de ciencia ficción en verdad apoyadas en datos científicos duros, titulada El Fin del Mundo. Esta novela, cuentan las reseñas, está dividida en dos partes: en la primera se narra cómo era el mundo antes de que un cometa se estrellara sobre su superficie; en la segunda el lector asiste a ver cómo los últimos dos humanos supervivientes, Omegar y Eva, pasan los últimos días de sus vidas en un mundo donde ya no queda nada y nada tiene sentido. En esta novela Flammarion por fin logra conjuntar sus dos preocupaciones esenciales: la vida después de la vida, y la posibilidad real y científica de que el fin del mundo viniera atravesando el manto del cielo, como en el grabado medieval. Desafortunadamente, el libro no se ha vuelto a editar en español desde 1912 y esto nos ha impedido hacer un análisis completo de la obra para esta investigación.


Un buen día la Condesa falleció. Ya llevaba un tiempo enferma de fiebres y a nadie extrañó la noticia. Flammarion se puso muy nervioso y decidió pasar un par de días en un balneario para que nadie notara que no se hallaba en absoluto entristecido por la muerte de su benefactora, sino que más bien se encontraba nervioso, muy nervioso, expectante. Pasó algún tiempo sin mayor noticia, hasta que de pronto Camille recibió un paquete de las manos de uno de los viejos criados de la Condesa. Al abrirlo, Flammarion se encontró ante un ejemplar de uno de sus propios libros, Les Terres du Ciel, hermosamente empastado en una piel suave y rugosa a la vez. Y junto al libro, una pequeña nota. Escrita de puño y letra por la condesa, decía lo siguiente: "Para que nunca deje de estar cerca de ti y puedas seguir disfrutando de esta espalda y estos hombros, que siempre fueron más tuyos que míos. La Piel del Cielo, para cubrirse a sí misma."

1 comentario:

Claudio Mont dijo...

Gracias por recordar al maestro desde un ángulo tan terrenal. Sucede a veces, que ciertas personalidades son tan grandes, que hasta llegamos a despojarlos de su humanidad.
Su trabajo es extraordinario.
Claudio Mont Buenos Aires
claudiomont@fibertel.com.ar